¿Qué hace a un clásico? - Lo más bonito de aquellos mejores años
- Pablo Mauricio Bustamante Salinas

- hace 2 días
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Ayer, después de muchos años, pude volver a ver la ópera prima de Martín Boulocq: “Lo más bonito y mis mejores años”. Han pasado 21 años desde que pude verla por primera vez en un cine, 20 desde que la volví a ver en el FENAVID de 2006, y quizá seis desde la última vez que la había visto. Esta vez fue gracias a una iniciativa que me parece muy loable: Cinema Cochabamba, que cada lunes proyecta películas bolivianas y abre un espacio de discusión con miembros del equipo de producción (este espacio funciona en la Av. Heroínas, al frente de Dumbo, en la planta alta de las instalaciones de lo que antes fueron el Cine Heroínas y, mucho antes, el Cine Bustillos; quizá de allí ese sentimiento místico que desprende).
Ayer, Martín expresaba antes de iniciar la película que, “aunque es malo que él lo diga”, a diferencia de otros de sus trabajos, esta había envejecido bien. Y creo que no está mal reconocer cuando algo que se hizo sigue funcionando tras pasar la prueba del tiempo… y “dos décadas” se dice rápido, pero se vive lento.

La película retrata una Cochabamba de principios de los 2000, allí cuando recién habían pasado un par de años de la caída de las Torres Gemelas (ayer le decía eso a un amigo que creo que no terminaba de entender el porqué de mi comentario; espero ser más entendible ahora). Las redes comenzaban a achicar el mundo, el planeta pasaba por cambios abruptos y un sentido de inseguridad global nos invadía, generando un sentimiento de melancolía que impregnaba a una generación que recién comenzaba a tomar conciencia de que ya no eran ni tan chicos como para sentirse protegidos por sus padres, ni tan grandes como para protegerse a sí mismos (ahora ya somos más grandes y seguimos igual o más desprotegidos).
Esa emoción en el límite, en el borde entre la estabilidad del hoy y la inestabilidad de la existencia, le da a la película un tono que se expresa muy bien en su cámara errática (cámara mosca, diría ayer Martín), que irónicamente se volvería un sello industrial en el cine de un par de años después. A mi cabeza viene cómo en The Hunger Games también se bromeó con los realizadores diciendo que necesitaban un trípode, igual que nos contó Martín que le había recomendado un amigo tras las primeras proyecciones de la peli.
¿Por qué un clásico? Junto a Martín somos de la generación del milenio (Millennials), eso quiere decir llegar a la mayoría de edad casi cruzando el 2000 o muy cerca (sí, de allí viene el nombre de esa generación). Pero siempre que se habla de aquellos tiempos, especialmente para las generaciones más recientes, el retrato que se tiene proviene de una lectura más idealizada y ligada al hemisferio norte. Acá las cosas eran un tanto diferentes. Las tecnologías tardaban más en llegar, conseguir películas todavía era en VHS y los cineclubes duraron mucho más (incluso en nuestra anterior legislación de cine, vigente hasta bien entrada la década de 2010, se los seguía mencionando con representación en el desaparecido CONACINE). La migración era la seña de la vida familiar (viajar, no por placer sino por necesidad), a la vez que todo empezaba, poco a poco, a conectarse; pero, como Berto, algunos ni email tenían.
Así que, desde mi percepción, esta obra ya se constituye como un referente que retrata no solamente una época, su sentimiento y su emoción, sino también un periodo del cine boliviano en el que el digital empezó a usarse para permitir que las voces de nuevas generaciones, contra toda dificultad (incluida la de no ser reconocidas como cineastas por los más antiguos), buscaran simplemente contar historias a través de la imagen y el sonido. Pero ver cómo, a pesar del tiempo, conecta con generaciones más actuales, ya le da las credenciales necesarias para constituirse en un clásico (aunque Martín ayer no quisiera reconocerlo explícitamente; y como él dijo, lo dije yo, no él), que debería ser ineludible en la filmografía del país para todo aquel nuevo realizador que quiera entender la historia de nuestra propia forma de mirar el mundo en tiempos límite, similares a los de hoy.
Los espacios vacíos, los momentos de soledad y la sensación de la eterna melancolía por los años que pasaron son una seña del tono liminal de esta obra. Reconecta con quienes tienen la oportunidad de revivirla y, por lo visto ayer, conecta (a pesar del tiempo) con quienes la ven por primera vez. Con Martín no hemos compartido demasiado, más allá de los espacios que el propio mundillo audiovisual nos regala, pero es a través de sus obras que también se puede dialogar con un autor. Y, como le decía ayer a Andrea Camponovo (la cómplice y compañera de Martín en muchas más obras, y que de por sí merece su propia proyección y diálogo con el público, en honor a todo el aporte que le ha dado a nuestra cinematografía), siempre es un gusto verlos, porque quiere decir que he visto algo de cine.



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